León XIV, el papa tenista

Las Islas Canarias se preparan para un acontecimiento histórico. Los próximos 11 y 12 de junio, el papa León XIV pisará suelo canario en el marco de su viaje oficial a España. Aunque la visita tiene un profundo calado pastoral y social —centrado en la crisis migratoria con encuentros clave en Gran Canaria y Tenerife—, hay un matiz fascinante que ha encendido el entusiasmo entre los aficionados: la conocida pasión del sumo pontífice por el tenis.

Pese a las exigencias de su cargo, León XIV siempre ha blindado un espacio en su agenda semanal para empuñar la raqueta. No es un simple capricho; es parte de su devoción agustiniana, una disciplina donde la actividad física y la vida interior se entrelazan de forma indisoluble.

Cuando la fumata blanca anunció su elección, el mundo no solo descubrió a un nuevo líder espiritual, sino también a un devoto de la pelota amarilla, marcando un vistoso contraste con la cultura futbolística de su predecesor, el papa Francisco. Para León XIV, el tenis dista mucho de ser un mero pasatiempo dominical en los jardines de Castel Gandolfo. Al contrario, cada partido funciona como una metáfora de la vida cristiana; una escuela que moldea tanto los pulmones como el espíritu.

Pertenecer a la Orden de San Agustín imprime una visión del mundo muy particular, donde la verdad se busca a través del equilibrio interior y el autoconocimiento.

Esta visión conecta plenamente con una de las máximas más conocidas de San Agustín: «No te conformes con lo que eres si quieres llegar a ser lo que aún no eres. Porque donde te hayas complacido contigo mismo, allí permanecerás». Una reflexión que encuentra un paralelismo natural en el tenis, un deporte que exige superación permanente, capacidad de aprendizaje y una búsqueda constante de la mejora personal.

El tenis exige precisamente esa «insatisfacción virtuosa»: un deseo constante de pulir el golpe, perfeccionar la técnica y sostener una férrea disciplina mental.

Grandes figuras del circuito internacional, como el campeón croata Marin Cilic, han elogiado a menudo la belleza de jugar al tenis por el puro placer del juego, lejos de la presión asfixiante de los torneos ATP. Despojado de la búsqueda de trofeos, este deporte se revela como un ejercicio profundamente psicológico.

En la pista, al igual que en la vida espiritual, el peor enemigo suele habitar en el propio lado de la red. El verdadero peligro no es siempre la habilidad del oponente, sino los «errores no forzados»: esa doble falta o el remate que se estrella en la red por pura desconcentración. La fortaleza mental que se necesita para corregir un mal gesto técnico es la misma que el agustino requiere para cultivar la virtud y la paciencia. Si uno se vence a sí mismo mentalmente, el partido se pierde antes de que el rival llegue a tocar la bola.

A las puertas de su histórica visita a Canarias —tierra que ha visto nacer a grandes raquetas de proyección internacional—, León XIV nos recuerda que la búsqueda de la excelencia y el bienestar físico no son ajenos a la fe. Al contrario: en cada set, en cada carrera agónica por alcanzar una bola difícil, el tenista encuentra una forma de oración en movimiento, demostrando que el cuidado del cuerpo es, en última instancia, el cuidado del templo del espíritu

Choose your language